Cinco momentos que hacen de Uganda un viaje inolvidable
Hay países a los que uno viaja una vez. Y hay otros a los que siempre apetece volver.
Para mí, Uganda pertenece claramente al segundo grupo. Este mes de junio he regresado una vez más a este rincón del África oriental conocido como la perla de África, un nombre que acuñó Winston Churchill y que sigue teniendo todo el sentido del mundo. En pocos lugares conviven selvas, grandes lagos, sabanas, montañas y una biodiversidad tan extraordinaria en un espacio relativamente pequeño.
Muchos viajeros llegan hasta aquí con un único objetivo: encontrarse con los gorilas de montaña. Y sí, ese momento es tan especial como imaginas. Pero Uganda es mucho más que eso.
Estos son cinco de los recuerdos que, una vez más, me he traído en la mochila.
1. En busca del “dinosaurio” del lago Victoria
El picozapato no suele aparecer en los itinerarios convencionales por Uganda. Y quizá ahí reside parte de su encanto.
Con más de un metro de altura, un enorme pico que recuerda a un viejo zueco de madera y un aspecto casi prehistórico, parece un animal llegado de otra época. Durante mucho tiempo pensé que sería una de esas especies que solo admiraría en los libros.
Afortunadamente, y ya desde hace algunos años, llevamos trabajando con excelentes guías locales que nos ayudan a localizarlo.
En esta ocasión, pasamos toda una mañana navegando por los humedales de Mabamba. Encontrar un picozapato nunca está garantizado, pero esta vez la fortuna estuvo de nuestro lado: llegamos a observar tres ejemplares distintos.
Y cuando lo tienes delante, inmóvil durante minutos, esperando pacientemente el momento exacto para lanzar un ataque fulminante contra su presa, entiendes por qué merece la pena dedicarle una mañana entera.
Si eres fotógrafo, difícilmente olvidarás ese encuentro.
2. Una ducha en las cataratas Murchison
El ruido empieza mucho antes de verlas.
El estruendo del agua en las cataratas Murchison es constante y cada paso hace que aumente la expectación.
Aquí el Nilo Blanco se ve obligado a atravesar una garganta de apenas siete metros de ancho antes de precipitarse más de cuarenta metros hacia el vacío. Toda esa energía concentrada crea una nube permanente de agua pulverizada.
Y sí, cuando te acercas al mirador, acabas completamente empapado.
Teniendo en cuenta el calor que hacía aquel día, fue una de las duchas más agradables del viaje.
Los miradores principales permiten contemplar toda la fuerza de la catarata, aunque no son el mejor lugar para fotografiarla. Nosotros solemos recorrer un sendero que, aunque un poco más exigente, ofrece una perspectiva más cercana, pero a la vez un ángulo más bajo.
3. Paciencia y disfrute con los chimpancés
Compartimos casi el 99% de nuestro ADN con los chimpancés, pero cuando los buscas en libertad te das cuenta enseguida de que ellos juegan con ventaja.
En este viaje contábamos con un permiso de habituación que nos permitía permanecer cuatro horas con un grupo en el bosque de Kibale.
La jornada, sin embargo, no empezó precisamente bien.
Los chimpancés que íbamos a seguir acababan de enfrentarse con otro grupo y estaban nerviosos. Durante bastante tiempo apenas conseguimos verlos entre las copas de los árboles.
Fue uno de esos momentos en los que entiendes que la fotografía de naturaleza consiste, sobre todo, en esperar.
Gracias al magnífico trabajo de los rastreadores y a mucha paciencia, finalmente pudimos fotografiar escenas espectaculares de varios de ellos en el suelo, desplazándose o alimentándose.
Terminamos agotados, pero con tarjetas de memoria llenas que compensaban con creces el esfuerzo.
4. Ndali-Kasenda, el paraíso de un mirón
No todos los grandes momentos de un viaje tienen que ocurrir delante de un animal.
Los lagos de cráter de Ndali-Kasenda son uno de esos lugares donde merece la pena detenerse una y otra vez.
Hace miles de años, una intensa actividad volcánica dejó decenas de depresiones circulares que con el tiempo fueron recogiendo agua. Hoy forman un mosaico de más de cincuenta lagos rodeados por colinas cubiertas de vegetación, plantaciones de té, de plátanos y pequeños cultivos.
Pero lo mejor no son los datos geológicos.
Lo mejor es sentarse en cualquiera de sus miradores y dedicar unos minutos simplemente a mirar. Disfrutar desde la ventanilla del coche cómo la gente trabaja en las laderas o cómo el paisaje parece transformarse a cada curva de la carretera.
Es uno de esos lugares que no aparecen en los grandes titulares sobre Uganda y que, sin embargo, terminan convirtiéndose en uno de los recuerdos especiales del viaje.
5. Cuatro horas mirando a los ojos de una familia de gorilas
Lo he dejado para el final porque, probablemente, es el gran sueño de cualquier fotógrafo que viaja a Uganda.
He tenido la suerte de fotografiar gorilas de montaña en Uganda y Ruanda, además de los gorilas orientales de llanura en Kahuzi-Biega (R.D. Congo) y los occidentales de llanura en Dzanga-Sangha (República Centroafricana). Cada especie tiene sus particularidades, pero todas transmiten la misma sensación: estar frente a un animal extraordinariamente cercano.
En esta ocasión volvimos a encontrarnos con la familia Bikyingi.
Ya la había fotografiado en otras ocasiones, así que fue emocionante comprobar cómo el espalda plateada Kaharata seguía dominando el grupo, ver cuánto habían crecido los jóvenes y descubrir un nuevo miembro de apenas tres meses de vida.
Antes hubo que caminar alrededor de hora y media por el bosque de Bwindi.
Después... el tiempo dejó prácticamente de existir.
Durante cuatro horas seguimos a la familia mientras comía, descansaba, trepaba por los árboles o jugaba entre la vegetación. Los pequeños no dejaban de hacer travesuras, las madres permanecían siempre atentas y el gran macho imponía respeto con solo levantar la vista.
Nos fuimos con las tarjetas de memoria llenas.
Pero, sobre todo, con la sensación de haber vivido algo difícil de explicar.
Porque al final eso es Uganda.
No solo un país donde fotografiar animales extraordinarios, sino un lugar donde cada jornada acaba regalándote algún momento que sabes que recordarás durante muchos años.