Patagonia, mucho más que pumas
Hay destinos que vas a conocer sin una idea preconcebida y que te sorprenden por completo. Eso es lo que nos ha ocurrido en nuestra primera visita a la Patagonia chilena.
Fuimos hasta el extremo sur de Chile con un objetivo claro: explorar el territorio y conocer de primera mano sus posibilidades para la fotografía de fauna. Y, aunque los pumas eran uno de los grandes alicientes, pronto descubrimos que Patagonia tenía mucho más que ofrecernos.
Paisajes inmensos, una luz espectacular, guanacos, ñandúes, cóndores y, sobre todo, esa sensación de estar en un territorio donde la naturaleza sigue marcando el ritmo. Y sí, también tuvimos una suerte extraordinaria con los pumas.
Llegar a la ruta del fin del mundo
La Patagonia queda lejos de España, pero la recompensa empieza prácticamente desde el primer kilómetro. Volamos hasta Punta Arenas, que tenía mejores conexiones que Puerto Natales y que, además, ya conocía de mis viajes a la Antártida.
Tras descansar en la capital magallánica, pusimos rumbo a Puerto Natales, nuestro campo base durante el viaje. Más de 200 kilómetros de carretera que aprovechamos para empezar a descubrir el paisaje patagónico: carreteras infinitas, guanacos, ñandúes y cóndores nos obligaron a hacer unas cuantas “paradas técnicas” para sacar fotos.
Puerto Natales nos recibió frente al fiordo de Última Esperanza, rodeada de paisajes espectaculares. Una pequeña ciudad acogedora, de edificios bajos, buena gente y buena comida, que se convirtió en el punto de partida perfecto para los días que teníamos por delante.
Cuando todo ocurre sin planearlo mucho
Desde Puerto Natales arrancamos cinco días de safari con un objetivo claro: conocer el Parque Nacional de Torres del Paine y, sobre todo, fotografiar pumas.
Sabíamos que no iba a ser fácil. Nos habían avisado del fuerte viento que puede azotar Torres del Paine y que, en ocasiones, hace difícil incluso bajar del coche. Además, por normativa del parque no se puede circular o caminar libremente por cualquier zona y, por supuesto, encontrar pumas y hacerlo a una distancia adecuada para la fotografía no está ni mucho menos garantizado.
Así que empezamos el safari sin esperar demasiado. Y, por mi experiencia en otros ecosistemas en los diferentes continentes, sé que cuando no esperas nada… la naturaleza decide dártelo todo.
No hubo viento. Absolutamente nada. El primer día amaneció completamente despejado y nos regaló una luz espectacular sobre las Torres del Paine. Después llegaron jornadas nubladas, perfectas para la fotografía, e incluso algo de nieve. Si la Patagonia nos hubiera regalado un poco más, tampoco nos habríamos quejado.
Y entonces aparecieron los pumas.
Primero tuvimos la suerte de encontrarnos con Virgo, un gran macho algo esquivo que nos regaló algunos momentos únicos. Porque la primera vez que ves un puma no se olvida.
Pero lo mejor estaba por llegar. Durante tres días tuvimos la enorme fortuna de compartir territorio con Escarcha y sus dos cachorros. Escarcha es hija de Petaka, una de las pumas más famosas de Torres del Paine, protagonista de reportajes de medios como la BBC o National Geographic. Como su madre, está habituada a la presencia humana, que tolera y, en cierta manera, ignora. De la misma manera que lo hacen los animales de Masai Mara con los coches de safari.
Ver a Escarcha ya habría sido suficiente. Pero tenerla cerca durante tanto tiempo fue un privilegio absoluto.
Primero la encontramos junto a sus dos cachorros, al lado de la carretera, mientras ellos intentaban seguirla para ir a cazar. Después de mucha espera, la vimos regresar a buscarlos cuando los pequeños se habían quedado descansando.
Intuíamos que la caza había sido exitosa. Lo que no podíamos imaginar era que Escarcha consiguiera cazar un guanaco a apenas 40 metros de una carretera. La distancia perfecta para fotografiarla junto a sus cachorros en todo tipo de situaciones: alimentándose, jugando, corriendo, espantando aves o simplemente descansando.
Incluso vivimos un momento especialmente emocionante cuando Escarcha perdió de vista a sus cachorros, que se habían ido a jugar al otro lado del río. Los llamó entonces con sus características vocalizaciones hasta volver a localizarlos.
Fue un regalo. Y lo disfrutamos al cien por cien, siendo conscientes de que habíamos vivido algo extraordinario.
Pero reconozco que, si no hubiéramos tenido esos encuentros, también habríamos disfrutado muchísimo del viaje. Porque Patagonia tiene mucho que ofrecer.
No solo hemos vuelto a casa con miles de fotografías de pumas, sino también con imágenes de paisajes espectaculares, guanacos, águilas mora, loicas, ñandúes o cóndores. Y nos hemos quedado con ganas de mucho más: de seguir explorando sus paisajes y de dedicar más tiempo a su fauna.
Escarcha nos robó el tiempo (y el corazón) y, quizá por eso, nos faltaron días.
Tenemos ganas de más Patagonia. Por eso, ya estamos diseñando un viaje para el año que viene, para seguir disfrutando del fin del mundo.